La historia mágica que cambiará tu vida. XXVII.

Publicado: 26/02/2011 en Uncategorized

 

Mucho he fatigado mi cerebro respecto a la cuestión de cuál es la mejor forma de transcribir esta receta del éxito que he descubierto, y me parece aconsejable darla tal como me llegó a mí; es decir, si relato parte de la historia de mi vida, se advertirán con claridad las directrices para mezclar las sustancias que proporcionan el aliño para lograr la perfección del plato.

En vista de que, gracias a mi experiencia, he podido descu brir el único y gran secreto del éxito en cualquier empresa del mundo, considero acertado, ahora que mis días están contados, beneficiar a las generaciones venideras con todos los conocimientos que poseo.

No pediré disculpas por el modo en que me expreso, ni por carecer de mérito literario, excusándose éste, según sé, por sí mismo. Herramientas mucho más pesadas que la pluma han sido mi legado y, asimismo, el peso de los años me ha paralizado parte de la mano y del cerebro; sin embargo, puedo contar los hechos, que considero son el fruto que hay dentro de la nuez. ¿Qué importa la forma en que se rompe la cáscara para obtener la sustancia que ha de utilizarse?

No dudo que usaré, en este relato, expresiones que han permanecido en mi memoria desde mi más tierna infancia; porque, cuando un hombre alcanza mi edad, parece que percibe los avatares acaecidos en su juventud con más claridad que los eventos de fechas recientes; tampoco importa mucho cómo un pensamiento es expresado, si sirve de ayuda y se comprende su significado.

 Probablemente sea así; y nacerán hombres, generaciones después de que yo me convierta en polvo, que vivirán para bendecirme por las palabras que escribo. Mi padre, por aquel entonces, era un marino que a temprana edad abandonó su vocación y estableció una plantación en la colonia de Virginia, donde varios años más tarde nacería yo, acontecimiento que tuvo lugar en 1642; esto ocurrió hará unos cien años.

Mejor habría sido para mi padre si hubiera hecho caso del sabio consejo de mi madre, que era permanecer en la profesión en la que fue educado, pero no lo hizo, y el buen barco que capitaneaba fue trocado por las tierras de las que estoy hablando. Aquí empieza la primera lección que debe aprenderse:

El hombre no debería cerrar los ojos a cualquier valor que exista en la oportunidad que tenga en sus manos, recordando que un millar de promesas para el futuro no deberían pesar nada en comparación a la posesión de una simple pieza de plata.

Cuando cumplí diez años, el alma de mi madre voló y, dos años más tarde, mi estimado padre fue tras ella. Yo, al ser su único vástago, me quedé solo; no obstante, había unos amigos que durante un tiempo cuidaron de mí; es decir, que me ofrecieron un hogar bajo su techo -de lo cual disfrutaría durante cinco meses.

De los bienes de mi padre nada heredé; pero, con los conocimientos que adquirí a través de los años, llegué a la convicción de que los amigos bajo cuyo techo había vivido una temporada lo defraudaron y, por tanto, también a mí.

Del período que transcurrió desde que tenía doce años y medio hasta que cumplí los veintitrés no haré una exposición aquí, puesto que aquella época nada tiene que ver con este relato; si bien, unos años después, al tener en mi posesión la suma de diecisiete guineas, las cuales había ahorrado de los frutos de mi trabajo, tomé un barco hacia Boston, donde empezaría a trabajar, primero como tonelero, y después como carpintero de un barco, aunque siempre cuando la nave ya había atracado, puesto que el mar no se encontraba entre mis deseos.

La Fortuna sonríe en ocasiones a una futura víctima por pura perversidad. Tal fue una de mis experiencias. Prosperé, y a los veintisiete años era propietario de la tierra en la cual, menos de cuatro años antes, había trabajado a sueldo. La Fortuna es un jade que uno debe exprimir; no hay que mimarla. Aquí empieza la segunda lección que debe adquirirse:

La Fortuna es siempre esquiva, y sólo puede retenerse por la fuerza. Tratadla con ternura y os dejará por un hombre más enérgico. (En eso, creo que no es diferente a otras mujeres que conozco.) .

Por entonces, el Desastre (que es uno de los heraldos de los espíritus rotos y las resoluciones perdidas) me hizo una visita. El fuego destruyó mis tierras, no dejándome nada en sus ennegrecidos caminos, excepto deudas, las cuales yo no podía afrontar. Hablé con mis amistades y conocidos, buscando ayuda para comenzar de nuevo, pero el fuego, que había quemado mi solvencia, también parecía haber consumido sus simpatías. 

Así que, en un corto período, ocurrió que no sólo lo había perdido todo, sino que además estaba totalmente endeudado con otros; y por ello me enviaron a prisión. Pude recuperarme de mis pérdidas, pero no de esta última indignidad, la cual quebró mi voluntad, por lo que quedé irremediablemente desesperado. Más de un año permanecí detenido en prisión; y cuando salí, ya no era el mismo hombre feliz e ilusionado que había entrado allí, contento con su suerte y confiando en el mundo y su gente.

La vida tiene muchos senderos, y de todos ellos la gran mayoría conducen abajo. Algunos se convierten en precipicios y otros son menos abruptos, pero al final no importa con qué inclinación se haya fijado el ángulo, pues todos llegan al mismo destino … el fracaso. Y aquí empieza la tercera lección:

El fracaso existe tan sólo en el sepulcro. El hombre, mientras vive, no cae en él; siempre puede dar la vuelta y ascender por el mismo camino por el cual descendió; y puede que encuentre otro menos abrupto (si bien, de logro más largo), y más adaptable a su condición.

Cuando salí de prisión, estaba sin un penique. No poseía nada en el mundo más allá de las pobres vestiduras que me cubrían y un bastón que el carcelero me había permitido retener, por no tener nigún valor. Sin embargo, como era un trabajador habilidoso, rápidamente encontré empleo con buen salario; no obstante, como había probado las mieles de la riqueza terrenal, me poseyó el descontento.Me volví malhumorado y perezoso; con lo cual, para animarme y para olvidar las pérdidas que había soportado, pasaba todas mis noches en la taberna.

 No bebí licores en demasía, sólo de vez en cuando (porque siempre había sido casi abstemio), pero sí reí y canté, y repliqué graciosamente, y bromeé con mis holgazanes compañeros; y aquí podría incluirse la cuarta lección:

Buscad, camaradas, por entre los diligentes, pues aquellos que sean perezosos destruirán vuestras energías.

Me producía gran placer, en aquellos tiempos, narrar, a la más mínima provocación, la historia de mis desgracias, e insultar a los hombres a quienes consideraba que me habían dañado por no haber acudido en mi ayuda. Además, encontraba un placer infantil en escamotear a mi patrón, cada día, unos minutos del tiempo que me pagaba; lo cual es más deshonesto que un robo completo.

Este hábito continuó y creció en mí hasta el día en que desperté, encontrándome no sólo sin empleo, sino también sin carácter, lo que significaba que no podía esperar conseguir trabajo con ningún otro patrón en la ciudad de Boston. Fue entonces cuando me consideré un fracasado. Puedo comparar mi condición de aquel momento con la de un hombre que, descendiendo por la pendiente de una montaña, pierde su punto de apoyo.

 Cuando más fuerte es el resbalón, más rápido desciende. También he oído describir esta condición con la palabra «Paria» que, según entiendo, se refiere a un hombre que siempre está en contra del resto del mundo, y el cual piensa que son los demás hombres los que están en su contra; y aquí empieza la quinta lección:

No daré ninguna disertación acerca del deterioro gradual de mis energías. Nunca es conveniente extenderse mucho en las desgracias (esta frase también es digna de recordar). Será suficiente si añado que vino el día en que yo no poseía nada con qué comprar comida y vestimentas, y me encontré convertido en un mendigo, excepto en las raras ocasiones en que podía ganar unos peniques o, tal vez, un chelín. No pude conseguir un empleo seguro, por lo que mi cuerpo enflaqueció, y mi espíritu no fue nada más que una sombra de lo que había sido.   Mi condición, por aquellos tiempos, era deplorable; no tanto por mi cuerpo, así sea dicho, como por mi mente, que se encontraba enferma de muerte. En mi imaginación me veía a mí mismo apartado del mundo entero, puesto que había descendido realmente al fondo; y aquí comienza la última lección que debe aprenderse (la cual no pienso explicar en una sola frase, ni en un párrafo, pero necesito adaptarla al resto de esta historia). 

                                                                         

  Bien que recuerdo mi despertar, puesto que ocurrió en la noche cuando, realmente, me recobré de mi sueño. Mi cama era un montón de virutas apiladas en la parte trasera de la tienda de barriles donde una vez había trabajado a sueldo; mi techo consistía en una pirámide de toneles bajo la cual me había instalado. La noche era fría y yo estaba helado, si bien, paradójicamente, había estado soñando con luz y calor, y me saciaba de manjares. Sé que pensaréis, en cuanto describa el efecto que la visión tuvo sobre mí, que mi mente estaba perturbada. Así es, puesto que es la esperanza de que las mentes de otros pueden ser igualmente influenciables lo que me determina a emprender el trabajo de este escrito.  

Fue aquel sueño lo que me hizo creer... no, saber... que estaba poseído por dos identidades; y fue mi mejor yo quien me prestó la ayuda por la que había suplicado en vano a mis conocidos. Había oído describir este estado con la palabra «dualidad». No obstante, dicha palabra no explica mi situación. Un doble no puede ser nada más que un doble, y ninguna mitad posee una individualidad propia. Pero no filosofaré, ya que la filosofía no es nada más que un vestido de gala para decorar una figura vacía.

Más aún, no fue el sueño en sí mismo lo que me afectó; fue la impresión que me causó y la influencia que ejerció sobre mí lo que logró mi liberación. En una palabra, fue entonces cuando llené de coraje a mi otra identidad. Era alegre y saludable; ante él, en el hogar, ardía un fuego de leños; su semblante reflejaba la consciencia de su propia fuerza; y era física y mentalmente musculoso.  

Llamé a la puerta con timidez y él me invitó a entrar. Había una amable sonrisa de burla en sus ojos cuando me indicó con un gesto que me sentara junto al fuego, pero no pronunció ninguna palabra de bienvenida; y, una vez me hube calentado, salí de nuevo a luchar contra la tempestad, y cargué con la vergüenza que el contraste entre nosotros dos me había obligado a aceptar.

Fue entonces cuando desperté; y ahora viene la parte extraña de mi relato, puesto que al despertar no estaba solo. Había una presencia conmigo, intangible para los demás, tal como descubrí más adelante, pero real para mí.

La Presencia tenía mi imagen, si bien era impresionantemente distinta. Su frente, sin ser más alta que la mía, parecía más redonda y llena; sus ojos, claros, directos y rebosantes de ánimo, brillaban con entusiasmo y resolución; sus labios, barbilla y … ¡ay!. .. todo el contorno de su cara y figura era enérgico y determinado.

Era tranquilo, firme y confiaba en sí mismo. Yo estaba encogido, temblaba con nerviosismo, y temía las sombras intangibles. Cuando la Presencia se marchó, la seguí, y durante todo el día no la perdí de vista, excepto cuando desaparecía por un rato tras algún portal al que yo no osaba entrar; en tales lugares, yo esperaba su vuelta con ansiedad y espanto, puesto que no podía menos que maravillarme de la temeridad de la Presencia (tan igual a mí y, no obstante, tan diferente) por atreverse a entrar donde mis propios pies temían pisar.  Yo fui a buscar la pirámide de toneles y virutas.  

Aquella noche no soñé con el Mejor Yo (así es como lo he designado), aunque cuando desperté de mi sueño él estaba cerca de mí, siempre mostrando esa tranquila sonrisa de burla amable que de ninguna manera hubiera podido confundirse por pena o por otro tipo de condolencia. Su menosprecio me hirió profundamente.

 

Sin comentarios.

     F.D.O.

              Catt69.

 También parecía como si me condujera a propósito a los lugares y a los hombres donde y ante quienes más temía aparecer; a las oficinas con las que alguna vez negocié; a aquéllos con quienes había tenido tratos financieros. Durante todo el día perseguí a la Presencia, y por la noche la vi desaparecer tras los portales de una posada famosa por su alegría y por su buen vivir.

Después de haberme movido con mucha dificultad a través de una tempestad de nieve y viento, me acerqué a una ventana, miré hacia el interior y vi a aquel otro ser.

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