El universo de los Tercios españoles. XXV.

Publicado: 26/02/2011 en Uncategorized

 

Un tercio fué una unidad militar de élite del Ejército español durante la época de la Casa de Austria (1534-1704). A partir de 1920 reciben este nombre las unidades profesionales de la Legión Española;  creadas para luchar en el norte de África. Se inspiraban en las gestas militares de los tercios históricos.

Los Reyes Católicos en la guerra de Granada, adoptaron el modelo de piqueros suizos; por los triunfos de estos, frente a la caballería pesada de Borgoña. Piqueros bien formados podían derrotar cualquier caballería; el arcabuz, el mosquete, cuhillos, espadas cortas, unidades más rápidas y tácticas, son añadiduras españolas.

En  la conquista de Granada (1492) y en las campañas del Gran Capitán en el reino de Nápoles  (1495),  se presentaron las bases del poderoso ejército. En 1503, la Gran Ordenanza adoptó la pica larga y  distribución de peones en compañías especializadas.

Los tercios  en 1525 vencieron y capturaron a Francisco I de Francia en la Batalla de Pavía. Carlos I de España los hizo oficiales tras la reforma del ejército de 1534 para guarnición de las posesiones españolas en Italia y expediciones en el Mediterráneo; el primer tercio oficial es el de Lombardía.
 
Un año después ayudó en la conquista del Milanesado español y en 1536 se crearon los tercios de Nápoles y Sicilia.El Tercio Viejo de Cerdeña y el Tercio de Galeras (primera unidad de infantería de marina de la Historia) completaron los viejos. Todos los tercios posteriores son los tercios nuevos.

En la Batalla de Mühlberg, en 1547, las tropas imperiales de Carlos V vencieron en Alemania, a príncipes protestantes, gracias a  los piqueros imperiales. Diez años después, en 1557, derrotaron al ejército francés en la Batalla de San Quintín.

En la batalla de Gravelinas en 1558, otra derrota francesa obligó  su rey  a firmar la paz, y desistir de su invasión de Italia. En honor a esta victoria, el rey Felipe II mandó construir el Monasterio del Escorial.

Listado de los Tercios:

* Viejo de Lombardía
* Viejo de Sicilia
* Viejo de Nápoles
* Viejo de Brabante
* Viejo de Cartagena o de Ambrosio Spinola
* Saavedra
* Alvaro de Sande
* Flandes
* Fuenclara
* Caracena
* Mortora
* Garciez
* Alburquerque
* Bonifacio
* Meneses
* Seralvo
* Cordobas
* Casco de Granada
* Nuevo de Toledo
* Nuevo de Valladolid
* Azules Viejo
* Fijo del reino de Nápoles
* Zapena
* Villar
* Monroy
* Morados Viejos (Sevilla)
* Amarillos Viejos
* Azules Viejos (Toledo)
* Viejo Lesaca
* Castilla
* Guipúzcoa
* los Arcos
* Idiáquez
* Aragón
* Valencias y Conde de Garcies
* Verdes Viejos
* Diputación de Cataluña
* Ciudad de Barcelona
* Collorados Viejo
* Amarillo Nuevo (tercio provincial de Léon)
* Amarillos Viejos
* Costa de Granada
* Azules Nuevos (tercio provincial de Murcia)
* Los Blancos (tercio provincial de Segovia)
* Colorados Nuevos (tercio provincial de Gibraltar)
* Morados Nuevos (tercio provincial de Toledo)

Tercios de la Armada (2 o 3 en 1701)

* Viejo de la Armada Mar Oceano
* Viejo Armada
* Fijo de la Mar de Napoles

Tercios italianos ( 11 a 14 en 1701)

* Toraldo
* Cardenas
* Avalos-Aquino
* Torrecusa
* Guasco
* Lunato
* Paniguerola
* Torralto (napolitano)
* San Severo (napolitano)
* Torrecusa (napolitano)
* Cardenas (napolitano)
* Lunato (lombardo)
* Paniguerola (lombardo)
* Guasco (lombardo)
* tercio vecchio de Nápoles (napolitano)

Tercios irlandeses (1 en 1701 ? )

* Tyron
* Bostock

Tercios alemanes (6 a 9 en 1701) tercios des Grisons (suizos, 2 en 1701)

Tercios valones (8 en 1701)

* Beaumont

 
El armazón del tercio contaba con : piqueros, arcabuceros, artillería, y en ocasiones con  caballería (batalla de Ceriñola).

Piqueros.

Usaban una pica entre 3 y 5 m de longitud, y espada atada al cinto. Según el armamento se dividían en “picas secas” y “picas armadas” (coseletes o piqueros pesados). Los primeros llevaban media armadura y a veces capacete o morrión. Los segundos se protegían con celada o morrión, peto, espaldar y escarcelas(cubrían muslos colgando del peto).

La espada era su talismán en el combate cuerpo a cuerpo, en su manejo eran los mejores , de doble filo  no solía medir más de un metro para ser más ligera y transportable.

Mosqueteros.

Eran similares a los arcabuceros, usaban mosquete ; tenía mayor alcance y calibre, para disparar se apoyaban en una horquilla montada en el suelo. Su alcance les permitía salir de la formación cerrada y refugiarse en el escuadrón después de abrir fuego.

El duque de Alba, los introdujo en los tercios en 1567; antes sólo servían en la defensa de plazas amuralladas, en especial en los presidios de Berbería, en el norte de África.

Arcabuceros.

La indumentaria de los arcabuceros era mucho más liviana que la de los piqueros. Consistía habitualmente en un morrión, una gola de malla de acero y un coleto (vestidura hecha de piel, por lo común de ante, con mangas o sin ellas, que cubre el cuerpo, ciñéndolo hasta la cintura; en lo antiguo tenía unos faldones que no pasaban de las caderas) o chaleco de cuero.

A los arcabuceros se les consideraba, en efecto, soldados ligeros respecto de los piqueros, cuyas compañías constituían el núcleo básico del tercio. Durante el combate las compañías de arcabuceros se caracterizaban por su gran movilidad, desplegándose rápidamente para situarse en las alas de los cuadros formados por los piqueros y tratar de envolver al enemigo hostigando sus flancos.

El arcabuz se utilizó con sucesivas innovaciones desde el siglo XV al XVIII. El vocablo quizá derive del alemán hakenbüchss (haken: gancho o garfio. büchss, arma de fuego), aunque también podría ser una deformación del árabe al káduz (el tubo).

Este arma consistía en un cañón montado en un fuste de madera de un metro aproximadamente, aligerado hacia la boca y reforzado hacia la cámara de fuego. La longitud del ánima oscilaba entre 0,80 y 1,60 metros.

Al evolucionar el arcabuz hacia el mosquete, aumentando de tamaño y peso, fue preciso apoyarlo en una horquilla para poder hacer fuego. El equipo adicional de los arcabuceros consistía en una bandolera de la que pendían las sartas o cargas de pólvora en doce estuches de cobre o de madera (a los que se conocía como los doce apóstoles), un polvorín de reserva y una mochila en la que se guardaban las balas, la mecha y el mechero para prenderla.

Iban también armados con una espada semejante a la que solían usar los piqueros. Cada arcabucero recibía una cierta cantidad de plomo o estaño para fundir sus propias balas en un molde que se les entregaba junto con su arma.

Como cada pedido de armas incluía los moldes para fabricar la munición, el calibre de las balas fundidas tendría que coincidir con el del cañón. Sin embargo, esto no siempre ocurría en la práctica debido a imprecisiones en la manipulación de los moldes.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que muchos soldados empleaban armas que no eran normalizadas y que la dosificación de la pólvora se realizaba de forma subjetiva y más bien exagerada una vez que se habían utilizado los estuches predosificados de la bandolera.

Esto ocurría con frecuencia cuando las circunstancias obligaban a mantener una cadencia de fuego rápida y el tirador no tenía tiempo de volver a llenar los estuches para dosificar sus cargas y vertía la pólvora en el bacinete directamente con el polvorín de reserva. De todo ello resultaba una considerable desigualdad de tiro.

En los primeros arcabuces se utilizaba el sistema de encendido por mecha que fue sustituido más adelante por el de rueda. El sistema de encendido por mecha se basaba en el empleo de un dispositivo denominado serpentín que inicialmente era una simple palanca en forma de Z montada a un lado del fuste de madera: si se oprimía su parte inferior, la superior se movía hacia delante.

En el extremo del serpentín se fijaba un trozo de mecha de combustión lenta para provocar la ignición de la pólvora. Estas mechas se confeccionaban con cuerda de lino o de cáñamo empapada en una solución de salitre y puesta a secar.

Más adelante se perfeccionó el modelo de serpentín simple incorporándose un resorte de manera que al aflojar la presión sobre éste el serpentín se separaba inmediatamente de la recámara. En las armas equipadas con el sistema de rueda, ésta accionaba un percutor con forma de quijada provisto de una pieza de ágata que al golpear a otra de pedernal inflamaba el cebo con la chispa producida.

Los españoles no desprecian el uso de caballería pero la reorientan montando arcabuceros a caballo en compañías de Herreruelos. Son los precursores de los dragones del siglo XVIII, el nuevo siglo dorado de la caballería.

Ballesteros.

Las tropas armadas con ballestas, que tan eficaces habían resultado como fuerza de apoyo y cobertura durante la Edad Media, continuaron empleándose durante el Siglo XVI. El ballestero iba protegido con casco, armadura para media pierna y una cota de malla con un chaleco de cuero superpuesto este último reforzado con piezas metálicas. En la parte trasera es visible el cranequín, sistema para tensar la cuerda de la yerga.

Existía también el denominado “armatoste”, formado por un conjunto de poleas. Al tensar la cuerda, ésta quedaba enganchada en un resalte llamado nuez del que se soltaba bruscamente cuando se oprimía la llave.

Las ballestas se fabricaban a veces con piezas de hueso y de madera ensambladas. Cuando la verga era de madera, la ballesta se llamaba “de palo”. Estos materiales se fueron sustituyendo progresivamente por el acero a partir del siglo XVI.

Guardias imperiales.

Estaban integradas por los alabarderos de la Guardia Española, los archeros de Borgoña y los alabarderos de la Guardia Alemana. Los alabarderos de la Guardia Española iban vestidos con jubones y gregüescos acuchillados de colores amarillo y rojo, calzas rojas y zapatos negros.

Se tocaban con una parlota (gorra ancha y casi plana) negra adornada con plumas blancas, completando su vestimenta un capotillo amarillo forrado en rojo dispuesto de través sobre el hombro izquierdo. Los archeros de Borgoña procedían de la Guardia de arqueros de Borgoña, introducida en España por Felipe el Hermoso, y sus componentes prestaban servicio a pie en el interior de las estancias reales y a caballo en el exterior.

En el servicio a pie vestían jubones y gregüescos acuchillados de colores amarillo y rojo, calzas amarillas, parlota negra, capotillo de igual forma y colorido que los alabarderos de la Guardia Española y zapatos negros con grandes lazos rojos. Su arma principal era el archa, especie de lanza con hoja en forma de cuchillo de gran tamaño.

Los alabarderos de la Guardia Alemana vinieron de Alemania en 1519, rigiéndose siempre por fueros especiales. Acerca de su indumentaria existen varias versiones. Así, según Giménez llevaban parlota blanca y capotillo, mientras que el Conde de Clonard los representa sin capotillo y con el color de las medias (blanca una y amarilla la otra) alternando con el del Jubón y los gregüescos.

Los oficiales vestían de forma similar a la de la tropa aunque gustaban de utilizar prendas más suntuosas, de acuerdo con su grado o con su propia disponibilidad de fortuna. Los generales se distinguían por el empleo de una ancha banda de color carmesí que les cruzaba el pecho.

Entre los jefes y oficiales era frecuente el empleo de borgoñota, adornada con plumas rojas y blancas, media armadura o armadura completa. Durante el reinado de Carlos V tuvo considerable auge la armadura denominada “Maximiliana”, que se caracterizaba por poseer multitud de estrías o acanaladuras muy próximas entre sí que imitaban los pliegues de las prendas de la época y cubrían toda su superficie a excepción de las grebas o parte inferior de las defensas de las piernas.

Los zapatos metálicos, con bordes rectangulares, estaban inspirados también en el estilo civil del momento conocido como “pata de oso”.

Oficiales.

Las estrías, aparte de su función decorativa, se introdujeron para reforzar la armadura y tratar de desviar de las zonas vulnerables el impacto de los proyectiles o de las armas blancas. Carlos V vestía una armadura a la romana que se conserva en la Real Armería de Madrid.

Fue labrada por Bartolomeo Campi, platero de Pesaro, y está compuesta por siete piezas de acero pavonado con adornos de bronce dorado, de plata y de oro. Se inspira en las armaduras grecorromanas, puestas de moda durante el Renacimiento.

El casco es una borgoñota con yugulares a la romana, adornada con una diadema de hojas de encina en oro. La coraza se adapta a la musculatura del cuerpo, a la manera de las que utilizaban los emperadores romanos.

Además de la espada y la daga, de uso general entre los oficiales, los capitanes utilizaban pica y rodela o arcabuz al entrar en combate. Su distintivo de grado era una jineta sin punta acerada y guarnecida con “flecos galanes” que portaban durante las marchas o en las estancias en los campamentos.

Los sargentos mayores llevaban coleto de ante, musequíes o mangas de malla y morrión (prenda militar, a manera de sombrero de copa sin alas y con visera), e iban armados con espada y corcesca (arma semejante a la alabarda, rematada en una sola punta como las lanzas); la corcesca constituía también, junto con su bastón de mando, un distintivo de grado.

Los alféreces y los sargentos de compañía llevaban una alabarda como distintivo de grado, y en los combates solían utilizar, además de la espada, un gran dardo con punta de hierro fabricado con madera muy resistente (generalmente fresno).

Con frecuencia los generales tenían a su servicio a un heraldo para que actuara como enlace entre las diversas unidades a su mando y transmitiera mensajes al enemigo. Los heraldos del Emperador vestían una dalmática de seda en la que iban bordados los emblemas imperiales, y portaban un bastón de mando blanco como signo de su misión de paz.

No iban armados sino con una pequeña daga y no usaban ningún tipo de casco ni de armadura. Como prenda de cabeza empleaban una parlota de paño amarillo adornada con un plumero rojo. Sus jubones y gregüescos solían ser amarillos acuchillados en rojo, las calzas rojas y los zapatos negros.

Los tambores, o “cajas de guerra” como entonces se llamaban, eran muy altos y voluminosos. La caja solía estar pintada en azul con dos bandas rojas en los extremos superior e inferior, aunque algunos autores opinan que, con frecuencia estas bandas eran del color de la librea de los maestres de campo, coroneles o capitanes. También es probable que en algunos casos se pintaran en la caja las armas imperiales.

Banderas y estandartes.

En las banderas de las compañías figuraba generalmente la cruz de San Andrés o de Borgoña, unas veces con nudos, lisa otras, con el aspa dispuesta de extremo a extremo de la tela. Esta bandera representada, blanca con la cruz de Borgoña en rojo, ondeó quizá por primera vez en la batalla de Pavía, y es la más característica de las utilizadas por las tropas de Infantería española durante los siglos XVI y XVII.
 
Si bien en las banderas de compañía la cruz de San Andrés figuraba sobre fondos de muy diversa forma y colorido (en los que a veces se incluían jeroglíficos o motivos heráldicos del oficial que estaba al mando), el color blanco es el que auténticamente representaba al poder real.
 
La figura de la derecha representa el estandarte de Carlos V Emperador, reproducción del que contiene el inventario Iluminado que se conserva en la Real Armería de Madrid.

En el mismo se distingue, en el extremo superior izquierdo, la figura de Dios Padre sobre Santiago Matamoros: en el centro se encuentran las columnas de Hércules rodeando al escudo imperial, y el extremo derecho lo ocupa San Andrés con la cruz de Borgoña y la inscripción “Plus Oultre” (en otros estandartes imperiales la inscripción figuraba en alemán: “Noch Weiter”),

 Los españoles conservaron la hegemonía militar durante el siglo XVI y gran parte del XVII, aunque sus enemigos usaban las mismas técnicas para hacerles frente. Los ejércitos incrementaron efectivos, sufriendo enormes bajas. Los generales de la época en lugar de grandes batallas, concentran esfuerzos en la toma de ciudades importantes  forzando tratados para el final de la guerra, aunque fuese temporal.

Grandes formaciones cuadradas o rectangulares,  disciplinadas en movimientos de alineación y maniobra.Las tropas viajaban siempre en columna,y combatían en bloques geométricos.
Los tercios formados con soldados profesionales y voluntarios, estaban en filas de forma permanente,

eran cuerpos móviles y poderosos para las guerras españolas de la época. La estructura original, de los Tercios de Italia; se  dividía cada tercio en 10 capitanías o compañías, 8 de piqueros y 2 de arcabuceros, de 300 hombres cada una.

Cada compañía, tenía capitán, y  otros oficiales: un alférez, un sargento y 10 cabos (cada uno de los cuales mandaba a 30 hombres de la compañía). También había  auxiliares (oficial de intendencia o furriel, capellan, músicos, paje del capitán, etc).

Luego, los Tercios de Flandes disponían  de 12 compañías, 10 de piqueros y 2 de arcabuceros, cada una  formada por 250 hombres, Cada grupo de 4 compañías se llamaba coronelía. Los mandos del tercio eran; un coronel, un Maestre de Campo (jefe supremo del tercio nombrado por autoridad real) y un Sargento Mayor o segundo, al mando del Maestre de Campo.

Se presentaban en batalla con los piqueros en el centro de la formación, escoltados por arcabuceros, con algunos libres (mangas), para hostigar y molestar al enemigo. El personal era voluntario y entrenado en el propio tercio, estas unidades son el germen del ejército profesional moderno.

Reclutados en los dominios de los Habsburgo,abundaban soldados de fortuna y mercenarios: alemanes,italianos,valones,suizos,borgoñones,flamencos,ingleses,irlandeses,españoles.

Los españoles tenían una proporción inferior al 50% e incluso menos;hasta un 10-15% en la guerra de Flandes,aunque eran el núcleo selecto, duro, más profesional y mejor pagado. Inicialmente sólo los españoles originarios de la Península Ibérica formaban los tercios estaba prohibido que formaran soldados de otras nacionalidades.

A partir del año 1580 se formaron los primeros tercios de italianos cuya calidad rivalizaba con la española. A principios del siglo XVII se crearon los tercios de valones, considerados de peor calidad. Los lansquenetes alemanes en servicio del rey hispano, no llegaron nunca a ser encuadrados en tercios y combatían formando compañías.
El ejército del duque de Alba en Flandes, eran 5000 españoles, 6000 alemanes y 4000 italianos.

Situación de los Tercios en Julio de 1567 en Flandes:

– Tercio de Nápoles: Mandado por Rodrigo de Toledo, 19 compañías con un total de 3194 soldados.
– Tercio de Lombardía: Mandado por Fernandez de Toledo y posteriormente por Sancho de   Lodoño  ,  10   compañías con 3194 soldados.
– Tercio de Sicilia: Mandado por Lope de Acuña y después Juan Solís, 10 compañías 1756 soldados.
– Tercio de Flandes: Mandado por Gonzalo Bracamonte, 19 compañias con 4750 soldados.
– Tercio de la Liga: Mandado por Francisco Valdés, 19 compañías con 4750 soldados.
– Tercio de Mar: Antiguo Tercio Figueroa.
– Tren de Artilleria: Dispuesto por el Duque de Alba y formado por 36 baterias.

La composición de las baterias era de 6 cañones de 40 a 50 libras, 2 culebrinas de 12 de a 16, 4 semiculebrinas de 6 a 8 y 12 falconetes de 2 a 5 libras. El total de soldados del Tren de artilleria ascendía a 3600. Todas estas tropas se hacían acompañar de médicos, capellanes, cirujanos, carros, mulas…

Según la memoria que el Duque de Alba dejaría a su sucesor en el gobierno de los Paises Bajos, D. Luis de Requesens, el despliegue de las fuerzas españolas era el que sigue:

– Holanda: En La Haya 5 banderas o cías., en Wardlingen 2, en Maslandt 2, en Capel Viterhoor 3, en Zetfel 2, en Putlop 1, en Hermelen 1, Fluten 1, Luistcot 1, en el castillo de Eghmont 9, en Masland Cluse 3, Aldickt 2, Lier 1, Walteringhe 4, Catuick 4, Walkenbourghe 2, Werscohen 4, Soter Vaut 4, Leyden dorp 1, y en Bodgrave 1. Total en Holanda 59 banderas o compañías de 250 a 150 hombres.

-Brabante: Bergepzon 4 banderas, Tolaa 3, Estamberghe 2, Besberghe 2, Baol 1, Hestorhart 1 y en el castillo de Amberes 1. Total 13 banderas de 250 a 150 hombres.

– Zelanda: En Lagous 2 banderas, Viana 1, en el castillo de Valenciennes 1, y en Malinas 1. Total 7 banderas.

Tambien había alemanes acantonados en las comarcas de Overissel, Henao, Luxemburgo, Haarlem, Nimega, La Haya, Tionville, Eghmont, Maestricht, Amberes, Breda, Bruselas, Leydeny Utrecht entre otros lugares.

Se contaban también con 104 compañías o banderas Valonas de las cuales muchas estaban integradas por españoles, sobre todo catalanes. De las 104, 10 estaban mandadas por Gaspar Robles, 15 por Mondragón, 6 por Alonso Gomez Gallo y 7 por Francisco Verdugo.

En la Guerra de Flandes, los efectivos españoles al servicio de españa son:

– Infanteria 57500
– Caballería 4780
– Artilleria 3600
– Gastadores 4121
– Transporte 3000
– Tercios de Mar 9000

Total hombres: 82001 (- los del transporte 79000)
Para alistar soldados, el rey concedía un permiso especial firmado de propia mano (“conducta”) a los capitanes designados. Tenían un distrito de reclutamiento y debían tener el número de hombres suficiente para componer una compañía.

El capitán, entonces, desplegaba bandera en el lugar convenido y alistaba a los voluntarios, que acudían por la fama de los tercios , para  hacer carrera y fortuna. Estos voluntarios eran; campesinos, nobles hidalgos arruinados o segundones; no se admitían menores de 20 años, ancianos, frailes o clérigos, ni a enfermos contagiosos.

Los reclutas pasaban revista donde el veedor comprobaba sus cualidades, y expulsaba a los que no servían para el combate; no estaban obligado a jurar fidelidad y lealtad al rey. El alistamiento era  indefinido, hasta que el rey concedía la licencia y establecía una especie de contrato tácito entre la Corona y el soldado.

Los capitanes generales también licenciaban tropas. Los reclutas recibían un sueldo para equiparse; los equipados recibían un anticipo (socorro) de su primer mes de sueldo. El soldado debía estar sano, fuerte y  con buena dentadura para alimentarse del duro bizcocho que daban.

Las mayores zonas de reclutamiento españolas fueron Castilla, Andalucía, Levante, Navarra y Aragón. Honor y servicio eran valores muy apreciados en aquella sociedad. Basado en el carácter hidalgo y cortés,sencillo pero valiente y arrojado de todo buen soldado, no hubo escasez de voluntarios mientras huvo plata, hasta principios del siglo XVII.

No había centros de instrucción, adiestraban  los sargentos y cabos de escuadra, los novatos y los escuderos se formaban sobre la marcha. Repartian a los novatos entre todas las compañías para que aprendieran de los veteranos y no pusieran en peligro la tropa.

En las compañías se formaran grupos, cinco o seis soldados compartían los pormenores de la campaña por amistad, esto daba unión y moral en combate, se prohlbió vivir en soledad. Aptitud, méritos,antigüedad y rango social daban el ascenso, se tardaba mínimo  5 años de soldado a cabo, 1 de cabo a sargento, 2 de sargento a alférez y 3 de alférez a capitán.
 
El capitán era el mando supremo, rendia cuentas al sargento mayor, éste al  maestre de campo (designado por el rey,con total competencia militar, administrativa y legislativa). Los tercios mantenían su enorme moral de combate apoyada en la religión. Alejandro Farnesio,hacía arrodillar día a día a sus soldados antes de combatir y  el Avemaría o una prédica a Santiago, patrón de España.

Cada mañana saludaban a la Virgen María con tres toques de corneta,se oficiaban misas de difuntos y funerales.Contaban con capellán mayor,un predicador y cada compañía capellán.

La mala fama de los tercios españoles aumentó por el odio holandés y protestante a un invasor que amenazaba: políticamente (acusando a España de imperialismo) y religiosamente (luchando contra el catolicismo que los Austrias querían imponer a toda costa en los territorios donde caló profundamente la Reforma Protestante).

Los peores desmanes de los tercios eran los atrasos en el envío de la paga. Los sueldos eran bajos, con ese salario el soldado pagaba la ropa, manutención,armas y alojamiento.  Excepcionalmente algunos nobles se ofrecieron a costear los gastos de una guerra concreta para ganar méritos y prestigio ante el rey de España.

Si la paga tardaba más de 30 meses (como ocurrió en algunos momentos), los tercios se amotinaban y saqueaban sin perder fidelidad a España y al rey. El botín estaba prohibido si una ciudad pactaba su rendición antes de instalar la artillería, si esto no se producía la plaza quedaba entonces a merced del vencedor.

Uno de los episodios más negros de los tercios se produjo en el saqueo de Amberes en 1576, que duró más de tres días y llegó hasta extremos inhumanos de barbarie y devastación. El 4 de noviembre de 1576,las calles sembradas de cadáveres con dedos y orejas cortados para llevarse sus joyas personales.Familias enteras fueron torturadas en busca de dinero.

Cataluña y Portugal, se rebelaron contra la Corona de los Austrias por desacuerdos en política económica interna y, mantener los tercios en campaña. Los tercios en la frontera catalana con Francia y la “unión de Armas” de Felipe IV,el Conde Duque de Olivares,que reunía dinero y efectivos de todos los reinos hispanicos.

Cataluña y  Portugal, se rebelaron porque perjudicaban su económica y violaban sus privilegiados fueros de origen medieval. El amotinamiento de los soldados se sumó a la rebelión popular en respuesta de sus atrocidades. Pueblos enteros fueron saqueados e incendiados en el Principado catalán en 1640. Se inició la llamada Guerra de los Segadores y la temporal escisión de Cataluña del Imperio gracias a las  políticas del cardenal Richelieu, valido de Luis XIII.

Tras varias negociaciones y la pérdida de Portugal, independizado con los Braganza como dinastía nacional,se encauzó la situación condiciones fijadas por la Generalidad catalana y dejar que Francia consolidase sus anexiones al norte de los Pirineos, donde ocupó varias comarcas catalanas.

La Batalla de Rocroi, el 19 de mayo de 1643, marcó un antes y un después en la legendaria historia de los tercios españoles. Fue una auténtica derrota moral, en mitad de la Guerra de los Treinta Años, que sumió en el desconcierto y el desánimo a los soldados hasta el punto de impactar en todo el continente deshaciendo el mito de que los tercios españoles eran invencibles.

Los tercios, que sitiaban la ciudad francesa de Rocroi, partieron con varias desventajas al enfrentarse con las tropas que aparecieron para auxiliar la plaza sitiada. Lucharon, para empezar, en inferioridad numérica, y otro de los errores que sufrieron fue su imprevisión o su exceso de confianza ante un enemigo que subestimaron cuando un simple espía habría podido detectar la llegada de las fuerzas galas.

La hegemonía francesa en Europa estaba decidida a partir de aquel episodio, aunque la derrota no fue tan abrumadora como la propaganda francesa ha hecho creer siempre, dado que los tercios recuperaron otra vez Rocroi y siguieron igualmente combatiendo en Flandes durante la segunda mitad del siglo XVII.

Para enviar sus refuerzos a la zona, España tuvo que poner en funcionamiento el llamado Camino Español, un itinerario vital que discurría por ruta terrestre (la marítima estaba cortada por ingleses, franceses y holandeses) desde el Milanesado a través del Franco Condado, Alsacia, Alemania, Suiza y Lorena hasta llegar a Flandes.

El duque de Alba (1507-1582) fue el primero que utilizó este recorrido en 1566, y fue tan exitoso que logró mantenerse hasta 1622. Fue en ese año cuando Francia logró estrangular el Camino llegando a un pacto de intereses con el duque de Saboya, que se alió con los galos para evitar el paso de tropas hispánicas por su territorio.

Este hecho obligó a los españoles a buscar una nueva alternativa, y la encontraron en un itinerario que discurría algo más al este partiendo también de Milán y cruzando los valles suizos de Engandina y Valtelina hasta Landeck, en el Tirol, y de ahí, bordeando el sur de Alemania, cruzaba el Rin por Breisach (Alsacia) y alcanzaba los Países Bajos por Lorena.

Este segundo Camino Español aguantó hasta que los franceses invadieron la Valtelina y Alsacia y ocuparon también Lorena. Se intentó entonces arribar a la costa de Flandes por vía marítima desde los puertos gallegos y cántabros, pero la derrota naval en la batalla de las Dunas sentenció definitivamente el eje vital que permitía al Imperio avituallar sus efectivos en Flandes.

La última victoria de los tercios sería en la batalla de Valenciennes (1656), frente a los franceses. Otros historiadores dan por más grave la derrota terrestre y naval que sufrieron los españoles en la batalla de las Dunas de Dunkerque (1658), donde el mariscal francés Turenne tuvo el apoyo de la flota inglesa del dictador Cromwell en la costa flamenca.

El declive militar del Imperio Español era ya visible a consecuencia de la falta de replanteamiento de estructura y de instrucción de los tercios, que habían quedado inevitablemente obsoletos ante unas rápidas renovaciones de armamento que ya seguían muy por delante tanto Francia como Holanda o Inglaterra.

España había sufrido una sangría imparable de dinero, hombres y todo tipo de recursos con tal de aniquilar a los protestantes y mantener sus dominios de Flandes e Italia frente al expansionismo holandés y francés. Las bajas de los combates, las enfermedades, las deserciones, causaron que el organigrama de los tercios se viniera totalmente abajo. Era imposible sufragar una renovación de técnicas y armamento porque el déficit, que tragaba todo el oro y casi toda la plata que cada vez costaba más extraer de las colonias americanas españolas (se iba agotando), resultaba simplemente demoledor.

El tercio era una tropa muy cara, y dado que la economía de los reinos hispánicos estaba demasiado escentralizada y no tenía intereses fáciles de conciliar, los Austrias menores (Felipe III, Felipe IV, Carlos II) cada vez lo tuvieron peor para lograr un pacto económico con las Cortes de cada Estado del que eran reyes.

Los banqueros del rey solían adelantar el dinero en forma de préstamo, pero cuando el dinero del Estado se acababa… los banqueros cerraban su bolsa y las consecuencias eran irremediables. La guerra en Flandes, por ejemplo, duró de 1568 a 1609 y de 1621 a 1648 (Paz de Westfalia), con tan sólo un frío interludio con la Tregua de los Doce Años que logró Felipe III.

Durante más de 80 años ese conflicto devoró el Tesoro Real para nada: las Provincias Unidas se independizaron del Imperio y fueron compensadas con dos provincias más (al norte del río Escalda, lo que arruinó la salida fluvial de Amberes) aparte de las colonias que ya había ocupado en las Indias Orientales.

Tras 1648 fue Francia la que invadió paulatinamente territorios al sur, acabando por forzar en 1659 la Paz de los Pirineos, que supuso ya la pérdida de una parte considerable de territorios al sur y al este de Bélgica. Y España tenía frentes abiertos con casi todas las potencias: franceses, ingleses, holandeses, protestantes alemanes y suecos.

Los banqueros genoveses y los mercenarios extranjeros que apoyaban a los ejércitos hispánicos cada vez exigían prestaciones más elevadas, viéndose la Corona ahogada ya de por sí en el despilfarro de la Corte, la falta de visión política de los monarcas y sus cada vez más incompetentes validos y en una serie de interminables guerras que asolaron Europa hasta hundir del todo la política de un imperio multinacional y católico como era el de los Austrias.

Bajo el reinado de Carlos II el Hechizado continuaron los ataques franceses para acabar con lo poco que quedaba del Flandes hispánico. Mediante la Paz de Aquisgrán (1668), España volvía a perder plazas en la región. Cinco años más tarde, Luis XIV propuso intercambiar Flandes por el Rosellón y la mitad de la Cerdaña, comarcas perdidas al norte de los Pirineos en 1659, pero Carlos II se negó en redondo, lo que significó nuevamente el estallido de la guerra.

La Paz de Nimega volvió a mermar los dominios hispánicos, que acabaron desapareciendo a principios de siglo XVIIII con la Paz de Utrech que ponía fin a la Guerra de Sucesión entre Felipe V y el archiduque Carlos de Austria por el trono español.

El Sacro Imperio fue el nuevo dueño de Flandes en lo sucesivo, de modo que Austria tomó el relevo de España en una lucha que había durado casi 150 años de estériles esfuerzos. Aunque Felipe V disolvió el tercio en su reforma de 1704, este nombre se conserva aún hoy día en unidades tipo regimiento de la legión y de la infantería de marina españolas, heredera ésta ultima de los viejos tercios de mar.

Con la llegada de los Borbones se impuso el modelo francés de ejército que se desarrolló durante el siglo XVIII. Oxidados y acabados, los tercios fueron suprimidos con la llegada de los Borbones al trono español. Felipe V los sustituyó por regimientos al mando de coroneles, según los modernos modelos francés, prusiano y austriaco, aunque la vieja cruz de San Andrés ondea aún como insignia de la mayoría de las unidades de infanteria española.

 Anécdotas de los tercios.

Milagro de Empel. En la actualidad, la patrona de la Infantería Española es la Inmaculada Concepción. Este patronazgo tiene su origen en el llamado Milagro de Empel durante las guerras en Flandes. El 7 de diciembre de 1585, el Tercio del Maestre de Campo Francisco de Bobadilla combatía en la isla de Bommel, situada entre los ríos Mosa y Waal, bloqueado por completo por la escuadra del Almirante Holak. El bloqueo se estrechaba cada día más y se agotaron los víveres y las ropas secas.

El jefe enemigo propuso entonces una rendición honrosa pero la respuesta española fue clara: «Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Ya hablaremos de capitulación después de muertos». Ante tal respuesta, Holak recurrió a un método harto utilizado en ese conflicto: abrir los diques de los ríos para inundar el campamento enemigo. Pronto no quedó más tierra firme que el montecillo de Empel, donde se refugiaron los soldados del Tercio.

En ese momento crítico, un soldado del Tercio que estaba cavando una trinchera tropezó con un objeto de madera allí enterrado. Era una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción. Anunciado el hallazgo, colocaron la imagen en un improvisado altar y el Maestre Bobadilla, considerando el hecho como señal de la protección divina, instó a sus soldados a luchar encomendándose a la Virgen Inmaculada:

«Este tesoro tan rico que descubrieron debajo de la tierra fue un divino nuncio del bien, que por intercesión de la Virgen Maria, esperaban en su bendito día». Un viento completamente inusual e intensamente frío se desató aquella noche helando las aguas del río Mosa.

 Los españoles, marchando sobre el hielo, atacaron por sorpresa a la escuadra enemiga al amanecer del día 8 de diciembre y obtuvieron una victoria tan completa que el almirante Holak llegó a decir: «Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro». Aquel mismo día, entre vítores y aclamaciones, la Inmaculada Concepción es proclamada patrona de los Tercios de Flandes e Italia, la flor y nata del ejército español.

Sin embargo, este patronazgo se consolidaría cuarenta años después de que en la bula Ineffabilis Deus del 8 de diciembre de 1854, se proclamase como dogma de fe católica la Concepción Inmaculada de la Virgen Santísima.

El maestre de campo Julián Romero le escribe al rey “Ha que sirvo a Vuestra Majestad cuarenta años la Navidad que viene, sin apartarme en todo este tiempo de la guerra y los cargos que me han encomendado y en ello he perdido tres hermanos, un yerno y un brazo y una pierna y un ojo y un oído … y ahora últimamente un hijo en el que yo tenía puestos mis ojos … y por otra parte ha de nueve años que me casé pensando en poder descansar y después acá no he estado un año entero en mi casa”.

Pierre Brantome, gentil hombre admirador del heroísmo, viendo pasar a los tercios viejos, mandados por el duque de Alba, camino de los Paises Bajos escribió: “esa gentil tropa de bravos y valientes soldados. . . todos viejos y aguerridos, tan bien vestidos y armados que se les podria tomar antes por capitanes que soldados. . . Y hubierais dicho que eran principes, tan altivos eran y con tanta arrogancia y gracejo desfilaban”.

El ingles Georges Gescoigne, al describir el saqueo de Amberes dice: “Los valones y los alemanes eran tan indisplinados como admirables en su disciplina eran los españoles”.

Blaise de Vigenere apuntaba: “En cuanto a los españoles no se puede negar que son los mejores soldados del mundo. . .”. Justo homenaje que sus enemigos tributaban a los tercios. Terror de sus enemigos y orgullo de sus compatriotas.

  Este ejército que ves
vago al yelo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que el adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira como procede.
 

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho
que el pecho adorna al vestido.
 
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.
 
Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
 
 Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

Pedro Calderón de la Barca, soldado de Infantería Española
Bibliografía:

-Tratado de artillería y fortificación– Lechuga (ingeniero de la época)
-Historia de la Infantería española. En torno al siglo de oro. Diversos autores.
-Tercios de España. La infantería legendaria. Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca.
-Los Tercios. Rene Quatrefages.
-Pavía 1525. The climax of the italian wars. Angus Konstam.
-Diversos números de la revista Researching and Dragona.
-Libros sobre los Tercios  [editar]Los tercios, René Quatrefages, 1983, ISBN 84-500-8427-X
-La revolución militar moderna: el crisol español, René Quatrefages, 1996, ISBN 84-7823-473-X
-El ejército de Flandes y el camino español, 1567–1659, Geoffrey Parker, Alianza (Madrid, 2003).
-De Pavía a Rocroi. Los Tercios de infantería española en los siglos XVI y XVII, Julio Albi de la -Cuesta, 1999,   ISBN 84-930790-0-6
-Tercios de Flandes, Juan Giménez Martín, 1999, ISBN 84-930446-0-1
-Los Tercios en las Campañas del Mediterráneo, s. XVI (Italia), Eduardo de Mesa, Almena (Guerreros y Batallas, nº  4), 2001.
-El mundo hispánico, Elliot, J.H., Crítica (Barcelona, 1995).
-Los Tercios en las campañas del Mediterráneo, s. XVI (Norte de África), Eduardo de Mesa, Almena -(Guerreros y Batallas, nº 6), 2002.
-Nördlingen 1634. Victoria decisiva de los Tercios, Eduardo de Mesa, Almena (Guerreros y Batallas, nº  9), 2003.
-La batalla de San Quintín, 1557, Eduardo de Mesa, Almena (Guerreros y Batallas, nº 15), 2004.
-San Quintín, Juan Carlos Losada, Aguilar, (Madrid, 2005).
-Flandes y la monarquía hispánica, 1500–1713, Miguel Ángel Echevarría, Sílex, (Madrid, 2000).
-Guerra y Sociedad en la Monarquía Hispánica. Política, estrategia y cultura en la Europa Moderna  (1500–1700), Enrique García Hernán–Davide Maffi, editores. Laberinto, Madrid, 2006. 2 vols.
-La pacificación de Flandes. Spínola y las campañas de Frisia (1604-1609), Eduardo De Mesa,  Ministerio de Defensa, Madrid, 2009.
-Literatura, El sol de Breda, Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara (Madrid, 2002).
– Corsarios de Levante, Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara
-El cautivo, Jesús Sánchez Adalid, Ediciones B (Barcelona, 2004).
-Jaque a la reina, José Calvo Poyato, Grijalbo (Barcelona, 2003).
-Tercios de Flandes, Juan F. Giménez Martín, Falcata Ibérica (Madrid, 1999, 2001, 2004).
-El castellano de Flandes, Enrique Martínez Ruiz, Martínez Roca (2007).
-Hoy no se pondrá el sol, Rafael Rico Cabeza, Akrón (2009).

En la guerra: Determinación y estrategia
En la Victoria: Unión y Humildad
En la derrota: resistencia.
En la Paz: Cautela

Nota:

Esta es nuestra historia Zp y Mariano seguro que alguno de vuestros antepasados estuvo en esos momentos; que verguenza y desprecio sentirán por vosotros. Lo más seguro es que acabarían tirando de toledana para hacer limpieza general jaja.

           F.D.O.

                catt69.

Ver fotos de XXV. El universo de los Tercios españoles.

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